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TEMA
3. PROCESO DE DESAMORTIZACIÓN Y CAMBIOS AGRARIOS.
INTRODUCCIÓN.
Desde
el punto de vista económico la Guerra
de la Independencia (1808-1814)
supuso la destrucción total de la economía del país, agravando la
crisis
de la Hacienda desde Carlos IV (1788-1808).
Todo
ello provocó un atraso económico que será un lastre durante todo
el siglo XIX y que supondrá el fracaso
de la revolución industrial
en España y las dificultades
para implantar el capitalismo.
También
se sufrió la
pérdida del imperio en América
durante el reinado de Fernando VII (1814-1833), manteniéndose una
economía de subsistencia más propia del Antiguo Régimen.
Con
la llegada del Estado
Liberal
durante la regencia de María Cristina de Nápoles (1833-1840) se
debatiría en el Congreso
si adoptar el librecambismo
(progresistas) o el
proteccionismo (moderados) como política económica.
En
este sentido, Espartero (1840-1843), llevaría a cabo una reforma
arancelaria en 1841, a favor del librecomercio.
Con
reformas
como la fiscal y hacendística de Alejandro Mon, ministro de Hacienda
del Gobierno de Narváez, en 1845,
la
de Santillán estableciendo una contribución directa o el impuesto
de Consumos, los recursos del Estado comenzaron a crecer y la
Administración pudo lanzarse a nuevas empresas.
Similar
proceso de simplificación sufrió el sistema monetario español ya
que la moneda patrón pasó a de
ser
el Real
a la Peseta,
oficialmente aceptada por Laureano Figuerola en 1868.
PROCESO
DE DESAMORTIZACIÓN.
En
esencia, la desamortización decimonónica
consistió
en la incautación o apropiación por parte del Estado, mediante
compensación económica, de bienes raíces pertenecientes en su gran
mayoría a la Iglesia y a los municipios. Estos bienes incautados -
nacionalizados - fueron vendidos posteriormente en subasta pública y
constituyeron una parte importante de los ingresos de la Hacienda
española.
En
España, existía una gran masa de bienes en poder de “manos
muertas”, como las tierras extra-comercium,
cuyo titular, el clero, por definición, no podía ni cultivarlas ni
venderlas y sólo cobraban rentas. A ellos se unirán las tierras de
los municipios, que se consideraban bajo la potestad real y eran
llamados Propios, Comunes y Baldíos.
Curiosamente,
uno de los aspectos a tener en cuenta será la no entrada en subasta
de tierras vinculadas a la nobleza, es decir, los Mayorazgos,
beneficiándose éstos, al decantarse más por un tinte anticlerical
y no de cambio social.
ANTECEDENTES
HISTÓRICOS.
Su
denuncia ya había aparecido en los pensadores
arbitristas del siglo XVII como
Cellorigo o Moncada.
A
partir de Carlos III (1759-1788) encontramos en España un impulso de
reforma agraria motivada por las Sociedades
Económicas de Amigos del País,
por políticos como Aranda, Campomanes y Floridablanca y por las
ideas de ilustrados como Pablo de Olavide o Jovellanos
con
su Expediente
sobre la Ley Agraria
en 1787.
Los
apuros económicos de Carlos IV (1788-1808) y del gobierno de su
valido Godoy,
provocaron las primeras expropiaciones de bienes de la Iglesia en
1798, continuadas durante el reinado de José
I Bonaparte (1808-1813) y
posteriormente con las Cortes
de Cádiz,
elaborando un decreto desamortizador en 1813 paralizado con la vuelta
de Fernando VII en mayo de 1814, dando comienzo al sexenio
absolutista (1814-1820).
Aunque
entró de nuevo en vigor durante el Trienio
Liberal (1820-1823)
volvió a ser frenado por el monarca iniciando así la década
ominosa (1823-1833).
La
desamortización de Mendizábal.
Juan
Álvarez Mendizábal (su verdadero nombre era Juan Álvarez Méndez)
nació en Cádiz en 1790 en una familia dedicada al comercio de
trapos. Muy joven empezó a trabajar como empleado de banca.
Participó en la Guerra de la Independencia y estando identificado
con las ideas liberales, fue miembro de la logia masónica de Cádiz.
Durante
el reinado de Fernando VII apoyó financieramente el levantamiento de
Rafael Riego en 1820 lo que le valió el exilio. A su regreso a
España, se integró en el Partido Progresista
en el contexto de la “revolución de 1835” (formación de Juntas
locales ayudados por la Milicia Nacional, asaltos a conventos,
disolución de la Compañía de Jesús, incendio de la fábrica
Bonaplata de Barcelona, etc). En junio de ese año fue nombrado
ministro de Hacienda en el gobierno de José María Queipo de Llano,
conde de Toreno, y en septiembre, por presión del embajador
británico G. Villiers, Conde de Clarendon ante la regente, María
Cristina de Nápoles, se hizo cargo de forma interina de la
presidencia del gobierno, conservando la cartera de Hacienda hasta
mayo de 1836.
Primera
ley desamortizadora
La
primera preocupación de Mendizábal era la deuda pública, que había
alcanzado proporciones gigantescas y en marzo
de 1836
aprobó la venta de bienes raíces que hubieran pertenecido a
corporaciones y comunidades religiosas, y la supresión de institutos
monásticos, lo que supuso la ruptura de relaciones diplomáticas con
el Vaticano, dirigido por el papa Gregorio XVI.
En
el decreto se anunciaba que la venta
debería hacerse mediante subasta pública, partiendo de una tasación
oficial, a partir de la cual los posibles adquirientes pujarían por
ellas, adjudicándoselas a aquellos que ofrecieran un precio más
alto por ellas.
El
decreto regulaba también la forma en que debería hacerse el pago,
estableciendo dos procedimientos diferentes, uno para aquellos que lo
hiciesen en JUROS o títulos de la deuda pública, y otro para los
que lo efectuasen en dinero en metálico.
El
Estado rescataba también de esta forma la deuda que tenía pendiente
con estos particulares, pero, sin duda, no era éste el medio que
prefería, ya que sus necesidades más urgentes tenía que
satisfacerlas mediante dinero contante y sonante. Por ello, se les
ofrecían más facilidades a estos últimos, pagando la quinta parte
al principio y el resto en un plazo de dieciséis años.
Mendizábal
promovió esta
desamortización eclesiástica persiguiendo
un triple propósito:
- 1º sanear la Hacienda y costear la guerra carlista,
- 2º acabar con el clero que apoyaba al carlismo y
- 3º crear una copiosa familia de pequeños y medianos propietarios adictos al régimen liberal.
Segunda
ley desamortizadora
Las
esperanzas de Mendizábal de sanear la Hacienda Pública no se
cumplieron, por lo que en julio
de 1837,
en tiempos de Calatrava como presidente, promulgó una segunda ley
desamortizadora, concebida más bien como una reforma tributaria.
En
ella se suprimía el diezmo (principal componente de las rentas
eclesiásticas) y se declaraban bienes nacionales sujetos a
enajenación casi todos los del clero secular. Pero la aplicación
práctica de esta ley fue casi nula, pues la enajenación no debía
comenzar hasta 1840, y en este año fue derogado el artículo en el
gobierno moderado de Modesto Cortázar.
En
general, sus resultados fueron decepcionantes ya que no se logró
reducir la deuda pública, y el liberalismo se granjeó enemigos
entre los católicos. A su vez, un amplio sector del campesinado se
hizo antiliberal y al vender las tierras en manos muertas en subastas
abiertas, no siempre pasó a miembros adictos a su causa, sino que
afianzó el grupo moderado y conservador.
La
posterior Ley
de 1841,
puesta en marcha durante la Regencia
del
general progresista Baldomero
Espartero (1840-1843),
nacionalizaba de nuevo los bienes del clero secular, pero sin
embargo, el regreso del partido moderado al poder en 1844 hizo que
las ventas quedasen suspendidas.
La
desamortización de Madoz.
Las
circunstancias políticas eran distintas a las de 1836, pues no había
guerra carlista, y los presupuestos se iban cubriendo.
Pascual
Madoz, nacido en Pamplona,
se
vinculó
desde muy joven a las ideas liberales participando
en la defensa del castillo de Monzón en 1823 contra los “Cien Mil
Hijos de San Luis”, por lo que fue encarcelado y.
tuvo que exiliarse durante el reinado de Fernando VII. Regresó de
Francia gracias a la amnistía política de 1832 decretada por la
regente Mª Cristina y una vez instalado en España se dedicó al
mundo del Derecho siendo abogado y juez hasta 1836, cuando inició su
carrera política como diputado por Lérida.
La
revolución de “la Vicalvarada” que propició el bienio
progresista (1854-1856) hizo que Pascual Madoz fuera nombrado
gobernador de Barcelona y en 1855 ocuparía el ministerio de Hacienda
en el Gobierno de Espartero, encargándose continuar la ley de
desamortización.
La
ley de 1 de mayo de 1855 afectaba
de nuevo a bienes pertenecientes al clero, lo cual serviría para
agravar las tensiones entre el Estado español y la Santa Sede, que
se habían reavivado con motivo de la discusión en torno a la
libertad religiosa para elaborar el nuevo proyecto de Constitución
“nonnata” de 1856. La ley pretendía declarar en venta todos los
bienes que no lo habían estado antes, es decir, a cofradías, obras
pías, santuarios y órdenes militares como Santiago, Calatrava,
Montesa y San Juan de Jerusalén. Hubo
resistencia a esta ley por parte de la reina, que no quiso firmarla
por el perjuicio que ocasionaba a la Iglesia.
La ley, al infringir lo establecido en el Concordato de 1851, hizo
que las relaciones diplomáticas entre España y el Vaticano se
enturbiasen llegando a provocar la ruptura con Roma.
Aún
así, se la ha llamado “desamortización
civil” porque
de todos, los que destacaban por su importancia eran los bienes que
pertenecían a los Municipios,
tanto los que eran propiedad del pueblo en su conjunto -Propios-
y con los beneficios que producían revertían en la totalidad de la
comunidad, en forma, por ejemplo, de mejoras de infraestructura; los
-Comunes-,
que siendo también del pueblo podían ser disfrutados personal e
individualmente por los vecinos del mismo para llevar el ganado a
pastar o para recoger leña para el hogar; como los Baldíos,
posesiones que quedaban vacantes, que en algunos casos el
Ayuntamiento correspondiente tenía arrendadas a particulares, o,
como ocurría en Cádiz, alquiladas para puestos de mercado.
Dicha
ley también conllevó unas consecuencias
sociales negativas
al arrebatarles a los pueblos los únicos medios de financiación que
tenían en la mayor parte de los casos para mejorar la calidad de
vida de los vecinos y atender a los gastos de los servicios comunes
de educación o sanidad. También dejó a los habitantes más pobres
sin la posibilidad de aprovechar esas tierras comunales para mantener
su precaria subsistencia.
El
importe de las ventas se destinaría a nivelar el presupuesto del
Estado, a amortizar la deuda interior, a financiar obras públicas,
pero sobre todo sirvió,
en gran medida, para subvencionar a las compañías ferroviarias.
El
gobierno presidido par Narváez suspendió la ejecución de la ley
Madoz en 1856, pero vuelto O'Donnell al gobierno en 1858 con la
Unión Liberal (1858-1863)
la volvió a restablecer, aunque excluyendo los bienes de la Iglesia.
En
la ley
de 1860,
el gobierno español prometía a la Santa Sede no hacer en adelante
más desamortizaciones e igualmente declaraba derogada la ley Madoz.
LOS
EFECTOS DE LAS DESAMORTIZACIONES.
Los
efectos los podemos clasificar en:
- Hacendísticos:
La
obra desamortizadora estaba en gran parte destinada a remediar el
angustioso estado de la Hacienda y el dinero
fue afluyendo a las arcas del Estado, no en aluvión, pero sí a
cuentagotas.
- Económcos:
Durante
un tiempo, se consideró a la desamortización como el complejo de
operaciones económicas más importantes del siglo XIX, hasta la
inversión
en los ferrocarriles.
A
nivel agrario, las desamortizaciones no supusieron una revolución ni
un mejor reparto de la propiedad en España, observándose una mayor
concentración de las tierras. Según Richard
Herr, una
ventaja que parece positiva es el aumento
de la superficie cultivada,
pasando España de importadora de granos, a exportadora.
Lo
que si parece muy negativo es el hecho de que ese refugio de
inversiones en la tierra supondrá la retracción de capitales en la
industria y en el comercio. En este sentido, no
fomentaron el espíritu de iniciativa y abundó la especulación.
- Políticos:
El
fin declarado por Mendizábal era la formación de una clase de
pequeños y medianos propietarios que se sintieran deudores del
liberalismo progresista y apoyasen el nuevo régimen. Lo que no podía
esperar era que aquellos nuevos
propietarios,
dueños de tierras y enemigos de cualquier revolución, iban a
hacerse ante todo conservadores y nutrieran el partido
moderado.
- Culturales:
Se
ha destacado la pérdida
de obras religiosas de un incalculable valor artístico
como consecuencia de la desamortización. Otro aspecto a destacar es
la práctica desaparición de la función educativa de la Iglesia. Se
extinguieron las escuelas conventuales y parroquiales, que impartían
enseñanza gratuitamente o por cantidades simbólicas. El resultado
fue una tasa de analfabetismo
sin precedentes en la época de Isabel II.
- Sociales:
La
finalidad de la desamortización no
fue realizar una revolución
agraria,
pero si una redistribución
de la propiedad
al estilo francés, persiguiendo el dominio de la tierra por parte de
la burguesía. No
lo consiguió,
en la medida en que fue la antigua nobleza latifundista la que más
interés tuvo en seguir invirtiendo y siendo propietaria.
En
general se propició unos resultados sociales negativos. El sistema
de subastas favorecía a los postores más adinerados, o tenedores de
papel de la Deuda. Por lo general, la nueva aristocracia no estaba
interesada en el tipo de relación paternalista anterior y expulsó a
muchos colonos o subió las rentas o impuso un arrendamiento a corto
plazo. Todo esto hizo
aumentar de forma espectacular la proletarización del campesino.
CAMBIOS
AGRARIOS.
La
economía española de principios del siglo XIX seguía siendo
predominantemente
agraria,
ya que los grandes propietarios y las grandes extensiones agrarias,
los latifundios, seguían siendo en muchos territorios los
sostenedores del régimen económico.
El
modelo
agrario feudal, más propio del Antiguo Régimen seguía
siendo el dominante, con las siguientes características:
- baja productividad por hectárea;
- uso de un utillaje rudimentario;
- nula inversión de capital en la agricultura;
- escaso empleo de abonos de origen biológico;
- producción destinada al autoconsumo;
- cultivos de carácter alimenticio, predominando los cereales como el trigo.
A
lo largo de la centuria este modelo entró en crisis debido al
aumento de la población española, que llevó a la necesidad de
aumentar la producción para su abastecimineto.
Si
estudiamos la
estructura de la propiedad agrícola
en relación con las diferentes clases sociales en el campo,
encontramos
los siguientes grupos:
- Grandes propietarios no cultivadores, que eran la nobleza, el clero y algunos burgueses (LA “NUEVA ARISTOCRACIA”) que consideraban la tierra como paso hacia el ennoblecimiento, todos ellos vivían de las rentas de las que producían las tierras;
- “Nuevos” propietarios capitalistas, pequeño grupo social de pequeños burgueses que fue el más beneficiado por la desamortización, pero que buscó más el prestigio o la especulación que el aumento de la productividad;
- Pequeños propietarios cultivadores. Con ellos nacía la figura de “el empresario agrícola”, que consideraba su explotación como una fuente de beneficios y de ingresos, por lo que buscaba siempre la máxima rentabilidad. Desgraciadamente, su proporción disminuyó al mismo ritmo que sus ingresos;
- Arrendatarios (que pagaban un alquiler en moneda al propietario) y aparceros (que pagaban en especie) a corto plazo, su número aumentó y su situación empeoró, ya que se les exigía cada vez mayores rentas, también eran comunes los contratos a largo plazo como los censos y foros (arrendamientos de tiempo indefinido) y la rabassa morta (de larga duración); (PERSISTENCIA DE LA ENFITEUSIS)
- Jornaleros, cuyo número fue aumentando y también los problemas para conseguir trabajo, por lo que acabaron emigrando a la ciudad (ÉXODO RURAL).
Estos
dos últimos grupos fueron los que nutrieron la industria con mano de
obra barata.
La
desamortización afectó en un grado muy alto a la agricultura, se
vendieron alrededor de diez millones de hectáreas,
lo
que supone el 20% del territorio nacional y el 40% de la tierra
cultivable.
*
UN LENTO PROCESO DE INDUSTRIALIZACIÓN.
Esta
preponderancia y continuidad de un modelo agrario feudal, más propio
del Antiguo Régimen condicionó, además de los motivos políticos,
un lento proceso de industrialización.
-
En este sentido, las condiciones
del
país para el desarrollo de la industria
algodonera catalana
no eran buenas, teniendo como grandes inconvenientes la desaparición
de la demanda colonial tras la pérdida de las colonias, la exigua
demanda interior motivada por la pobreza generalizada y la
competencia británica, a pesar de introducirse los primeros telares
automáticos llamados selfactinas
(el
nombre venía de self-acting
machine)
en los años cuarenta del s.XIX.
-
En cuanto a la industria
siderúrgica,
en una primera etapa su ubicación estuvo en Andalucía, con altos
hornos en Málaga, (empresa La
Constancia),
o en Sevilla (sociedad El
Pedroso),
en este caso para explotar los yacimientos de hierro de Cazalla de la
Sierra. A partir de 1860, la hegemonía andaluza comenzó a declinar
ante la competencia asturiana, situada al lado de las cuencas
carboníferas de hulla en Mieres y Langreo, hasta acabar situándose
en Vizcaya, de donde se exportaba a Inglaterra. Sin embargo, a
mediados de la década de 1880 se introdujo el convertidor Bessemer,
y poco después los hornos Siemens-Martin, apareciendo las tres
grandes empresas que se fusionaron en 1902 formando los Altos
Hornos de Vizcaya.
-
Hemos de mencionar también la importancia de la Ley
de Bases de la Minería
en 1868, que abrió las puertas a la expropiación del subsuelo y a
la entrada de capital extranjero, como el caso inglés en Rio Tinto.
-
La política progresista de 1854-1856 también abriría nuevos campos
de inversión para la exigua clase burguesa española con la Ley
de Ferrocarriles
de 1855, posibilitando también las inversiones de capital, francés
especialmente. La primera línea Barcelona-Mataró sería inaugurada
en 1848, mientras que la línea Madrid-Aranjuez lo haría en 1851.
La
construcción y la explotación de los ferrocarriles se dejó a la
iniciativa privada, pero establecía facilidades para su construcción
y auxilios por parte del Gobierno para favorecer la rápida
construcción de la red. En 1876 la red ascendía a 6.000 km, y en
1895 llegó casi a duplicarse.
-
Otras industrias
serán la harinera,
auxiliar de la agricultura, que tenía un gran tamaño y un mercado
muy amplio aunque mostraba un fuerte estancamiento tecnológico; la
vitivinícola,
repartida por casi toda la geografía peninsular, pero concentrada
especialmente en Andalucía y Cataluña como zonas exportadoras, con
familias inglesas como Terry o francesas como Domeq; la corchera,
localizada en Gerona; la lanera
en Sabadell, Tarrasa y Barcelona; la sedera,
en Valencia y Murcia; la química
y del gas
en Barcelona, que tuvo iluminadas sus calles con gas desde 1826 y la
mecánica
y metalúrgica,
que producía maquinaria para otras industrias (naval y ferroviaria)
pero que su importancia económica durante este siglo fue muy
reducida.
CONCLUSIÓN.
-
A nivel económico,
se puede afirmar que la producción
agrícola
aumentó
en el siglo XIX, pero aumentó por la ampliación de la tierra
cultivada más que por el aumento de la productividad, a causa del
estancamiento tecnológico. Esta agricultura
decimonónica
estaba dividida entre un sector relativamente moderno y exportador
integrado por la vid, el cultivo de la naranja y los frutos secos, y
un sector de subsistencia claramente deficitario, que era el
cerealista.
El
impacto
del ferrocarril
en la economía española
fue
muy grande, por un lado como consumidor e impulsor de la industria
metalúrgica, hullera, maderera o la específica de material
ferroviario; y por otro lado, como productor de una nueva oferta de
transporte de mercancías que rápidamente se revelará sin
competencia y dinamizará el comercio interior, y de pasajeros,
conectando muchas zonas del país.
El
porcentaje de población ocupada en el sector primario en el siglo
XIX era todavía del 64%, el sector secundario se situaba en torno al
18-20%, mientras que el terciario fue aumentando en las últimas
décadas del siglo debido a los tímidos comienzos del turismo.
-
A nivel social,
los decretos de las Cortes de Cádiz en 1812 acabaron con los
privilegios estamentales y comenzaron a establecer una cierta
igualdad jurídica, que se consolidaría años más tarde.
Se
calcula para 1834 una población de unos 16
millones de españoles,
un aumento debido al aumento de la natalidad, al descenso de la
mortalidad y a la disminución de la emigración al continente
americano.
Aunque
la tasa
de urbanización
todavía era muy baja, en torno a un 20%,
también se inició en esta época una remodelación
urbana,
con planes de ensanche como el de Cerdá en Barcelona, para acoger a
la población por el éxodo rural debido a las transformaciones de la
propiedad agraria y el inicio de la industrialización.
En
la estructura
de la sociedad,
el clero seguía teniendo un importante status y la nobleza
continuaba manteniendo un halo de prestigio con la posesión de
riquezas, pero la desamortización dio lugar a una burguesía
terrateniente que formaría también parte de la nueva aristocracia.
Existía también, aunque en menor medida, una burguesía de negocios
en la industria, el ferrocarril y comercio. Las clases medias eran
intelectuales, funcionarios, médicos, abogados, políticos,
periodistas o militares. Entre estos últimos, a partir de 1860, con
la guerra de África, apareció la diferenciación entre africanistas
y peninsulares.
La
desamortización afectó al campesinado, que viviría condiciones
miserables y cuyas tensiones desembocaron en la quema de cosechas,
bandolerismo y ocupación de fincas. Del mismo modo, la situación
del obrero no era mejor ya que la desaparición del artesano y del
régimen gremial dio paso al sistema capitalista donde la fábrica
sustituía al viejo taller. Este nuevo proletariado no era todavía
muy numeroso y se hacinaba en barrios periféricos donde aparecían
disturbios. Las primeras acciones sindicales aparecieron en Barcelona
en 1835, en 1840 se fundó el primer sindicato: Sociedad de
Tejedores, inmediatamente prohibido. A partir de 1850 se intensificó
el movimiento asociacionista y en 1854 se produjo la primera huelga
general reprimida por el ejército, lo cual provocó varios obreros
muertos. En 1869, llegaría a Barcelona G. Fanelli, uno de los
artífices de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) por
lo que se introduciría el anarquismo en nuestro país.
-
A nivel cultural,
durante el reinado de Carlos
IV,
los años que giran en torno a la Revolución francesa son de censura
de las ideas revolucionarias por lo que la prensa quedó reducida a
muy pocas publicaciones como la
Gaceta de Madrid o el Diario de Barcelona,
teniendo limitadas sus opiniones políticas.
Pasada
la guerra, Fernando
VII mantiene
la censura, no solo sobre la publicación de libros y periódicos,
sino también de las Universidades, de las Reales Academias y de las
Sociedades Económicas, rota solo por las Cortes de Cádiz, al
proclamar de nuevo la libertad, y por el Trienio liberal de 1820-23.
El
mecenazgo de las artes pasó de la iglesia y de la nobleza al Estado,
algo propio del liberalismo burgués que emergía, como la creación
del Museo
del Prado en 1819, o el Museo Arqueológico Nacional en 1867.
Junto
al Neoclasicismo, desde principios del siglo XIX se introduce en
España el Romanticismo,
movimiento cultural que reacciona contra el racionalismo y el
clasicismo ilustrado. Este movimiento, que busca la libertad y que da
prioridad a los sentimientos frente a la razón, a la originalidad
frente a la tradición, subjetivo e individualista, estará
representado por periodistas
como Mariano José de Larra, literatos como Espronceda,
Gustavo Adolfo Bécquer, José Zorrilla o Rosalía de Castro;
dramaturgos como Bretón de los Herreros; escritores costumbristas
como Ramón de Mesonero Romanos
y políticos como Martínez de la Rosa y el Duque de Rivas.
La
relación del Romanticismo con el nacionalismo lleva a Cataluña a
recuperar su memoria nacional, en la “Renaixença”,
el primer paso de una toma de conciencia cultural que se convertirá
en política en los años ochenta.
El
Realismo y el Naturalismo apreciados en algunas obras pictóricas y
literarias se desarrollarán con mayor intensidad a finales del siglo
XIX.
Durante
el reinado de Isabel
II,
las reformas políticas liberales permiten la libertad de expresión
y fomentan la expansión cultural. La aparición, en 1835, del Ateneo
Científico, Literario y Artístico de Madrid,
institución liberal basada en la crítica y el debate individual
frente a la cultura tutelada del Antiguo Régimen, es un buen ejemplo
de ello. En 1836 se inaugura el Liceo
de Barcelona.
En
el mundo de la propaganda política destacarán La
Flaca,
revista liberal y
satírica, de tendencia política republicana y federal, publicada en
Barcelona entre 1869 y 1876, teniendo como réplica La
Gorda, publicada
en Madrid, de carácter bastante antiliberal o si se prefiere de un
estilo más conservador, que surgió para competir con esta.
También
los cambios se perciben en la enseñanza, reanudándose los estudios
en las universidades. La Universidad Complutense de Alcalá de
Henares se traslada a Madrid
como Universidad Central en 1836.
Por
estos años se empieza a gestar la idea de hacer Escuelas Públicas
tanto de Instrucción Primaria Elemental como de Enseñanza
Secundaria, destinadas a formar el carácter del ciudadano. La
Ley Moyano,
de 1857, consagró el sistema de enseñanza liberal bajo el control
del Estado.
Las
ideas krausistas de renovar la enseñanza y dotar de una educación
integral al individuo, presentes desde 1850, se materializan en 1866
con la fundación del Colegio
Internacional,
impulsado por Nicolás Salmerón, que anticipa la posterior
Institución
Libre de Enseñanza en 1876.


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